Permiso para protestar

19/marzo/2018

Por Baruc Mayen Arroyo

La semana estaba por concluir. Nada pronosticaba alteración alguna a la rutina de los estudiantes. Todo parecía normal, pero hace mucho tiempo que no lo era.

“Nuestra escuela está tomada por feministas. No habrá clases”, explicó un chico a sus amigos vía Whatsapp. “Ay, no digas mamadas. Pinches viejas”, contestó una compañera. “Cómo les gusta alborotar todo, malditas intolerantes”, respondió otro muchacho.

Un viernes, antes de las seis y media de la mañana, un grupo de jóvenes feministas ocupó y cerró las instalaciones de una escuela. Ante esta acción, el descontento de muchos  universitarios no se hizo esperar.

Las principales quejas apuntaban a la alteración que esto significaba para la formación académica de los jóvenes. Otros objetaban que la protesta era ilegítima por haberse realizado sin consultar a nadie.

El fundamento sobre el cual las protestantes basaron su acción era el ambiente de inseguridad ante el cual se enfrentan las mujeres dentro de la universidad. En un comunicado expresaron:

“esta institución se ha encargado de violentarnos de la misma forma que nuestros victimarios […] Hasta que ir a la escuela deje de ser un riesgo a nuestra dignidad y seguridad […] Hasta que dejemos de escuchar que somos unas exageradas […] Sepan que aquí estamos, en lucha y resistencia”.

La ocupación de la escuela se realizó, efectivamente, de manera unilateral, sin diálogo previo. Esta manera de proceder es riesgosa, pues puede prestarse a ser utilizada como herramienta para desprestigiar al feminismo —cuya base es la búsqueda de la equidad—.

Cabe preguntar, sin embargo, ¿era obligatorio este diálogo previo? ¿Hacía falta preguntar a quienes han fomentado por tanto tiempo aquel ambiente de violencia si otorgaban el permiso para llevar a cabo una protesta? La respuesta es no.

Suele pensarse que la combinación de las palabras “joven” y “estudiante” debería ser referente de crítica, rebeldía, autodescubrimiento y audacia. Es preciso mencionar, sin embargo, que la ecuación puede también abrazarse a los términos del más rígido moralismo, del pensamiento conservador más inflexible y de la apatía, hermana siamesa de la ceguera voluntaria.

Resulta angustiante que, ante un acto de protesta como este, la discusión se enfocara en el mismo acto y no en lo que este hacía visible. Escandalizarse por un paro estudiantil, pero no hacerlo por la constante degradación a las mujeres en un espacio que debería proporcionar condiciones de seguridad, no expresa sino la más auténtica falta de pensamiento crítico.

Al parecer de muchos, las estudiantes feministas debieron solicitar un permiso y esperar que este fuera autorizado para interrumpir, por un día, la agresiva cotidianidad en el entorno académico, cuyo repertorio abarca desde la descalificación a alguien sólo por anunciarse feminista, hasta la violencia sexual ejercida por compañeros, profesores y personas ajenas a la institución, pasando —por supuesto— por la culpabilización de las víctimas.

Otro aspecto que fue objeto de muchas críticas fue la exclusión de los varones — por parte de las jóvenes— de la posibilidad de participar activamente en la protesta.

Tanto esta como las dos quejas anteriores parecen aspectos demasiado superficiales aunque no lo sean en absoluto. Concuerdo con que el interés debe centrarse en las demandas del movimiento, así como en la razón por las cuáles estas surgen. Pero es necesario, también, que las protestas se efectúen dando el menor lugar posible a la deslegitimación de la lucha. La unilateralidad no fortalece a quien exige equidad.

La exclusión de los varones —por parte de las jóvenes— permitió que resurgieran comentarios y concepciones del feminismo como un movimiento excluyente y autoritario. A muchos hombres nos importa la consecución de los intereses que expresa la lucha feminista, pues uno no es, por sí solo, el patriarcado.

La lucha y el pensamiento crítico no se limitan a reflexionar acerca de las mujeres, sino también acerca de nosotros, de nuestras masculinidades y de cómo reproducimos condiciones socialmente lacerantes.

En casos como este, en los cuales nuestra participación no sea requerida, nuestro actuar no debe reducirse a atacar al feminismo y victimizar a los hombres. Es necesario, más bien, promover y otorgar las condiciones para que las mujeres organizadas luchen, resistan y exijan.

No es extraño que un grupo de feministas alze la voz. No es extraño que una jornada de estudios en aulas sea modificada por una jornada de actividades de protesta y concientización. No es extraño que se rechace la presencia de los varones en ciertos espacios. Debería resultarnos extraño que las mujeres continúen sin gozar de los mismos privilegios de inmunidad que nosotros, que sean violadas, asesinadas y olvidadas día con día. Eso debería ser extraño. Tristemente, no lo es.